El cambio de guardia
30 julio, 2011

Por Juan Pablo Castañeda – Caballero Errante 

Sabrán que nuestros viajes por Europa han sido bastante nombrados, recalcados y adornados con grandes aventuras y hermosos paisajes, pero sobre todo largos trayectos y tras días y días sentados en la ventana, en el pasillo, en la cola o en el primer puesto del bus. Ya hemos tenido tiempo para descifrar los códigos y conductas típicas de los conductores, acá no hay pitido para informar (el bus tiene sistema de audio) el señor conductor (Joaquín) estira su trompa y dice “tuu, tuu tuuuu”, cual sonido de información de aeropuerto, con su voz, sonido simplemente traumatizante; además hemos establecido el ritual para el cambio de turno entre los dos conductores del bus, en un complejo rito que hace ver pobre los más complejos rituales de cortejos de los animales lugareños. Se trata de una danza con tres pasos de la oca, y todos los rituales para la fusión que hacían en Dragon Ball, mientras mi lumbalgia palpita, el hambre agota y todos esperamos la peculiar danza para, ¡¡¡¡por fin!!!!, seguir los prolongados trayectos y llegar a nuestro destino.

La línea amarilla. 

Señores y señoras continuamos el viaje  y tras atravesar algunas republicas de la ex unión soviética, llegamos a Narva, ciudad fronteriza con Rusia, y oh sorpresa , el transito normal por las fronteras encontró su excepción y justo donde los mapas rayan la unión entre dos países, con una línea fronteriza, nació el mayor tropiezo de la delegación, puesto que no pudimos atravesar la frontera conforme a lo deseado, en gran medida por las autoridades rusas, que paquidérmicamente atendían nuestro intento de cruzar, por lo cual salimos de la unión Europea y en menos de 10 minutos volvimos a entrar,  tuvimos que pasar el resto de noche en el bus, ante la imposibilidad de hacer algo; tres sellos mas para el pasaporte y a esperar las diligencias propias por parte de la jefatura, así seguiríamos, conociendo la frontera, en el rio con el mismo nombre de la ciudad escoltado por dos hermosos fuertes de épocas antiguas, y la sincera vista de los pasos de gigante de la magna Rusia que ya nos llegaba a los pies, con un triste retraso llegamos a San Petersburgo, sin duda desanimados por la pérdida de un día de programa, pero con la firme ilusión de continuar