Perú, el regreso.
9 septiembre, 2015

Por: Catalina González Sarmiento – Scouts Soñando El Sur

20 al 26 de julio.

A Arequipa llegamos más o menos a las 4 a.m, por lo que decidimos buscar un lugar en el terminal de transportes para dormir otro rato. Primero nos acomodamos al frente de unas oficinas en un pasillo del segundo piso. De ahí nos quitaron como a la media hora de habernos acomodado. Nos movimos para la puerta de un restaurante que estaba cerrado, y a las 6 a.m una señora sin corazón nos despertó pegándole a un tablero de lata que teníamos al lado. Paradójicamente terminamos durmiendo en la puerta de la oficina de seguridad, donde los celadores nos permitieron acomodarnos y descansar hasta más o menos las 8 a.m.

Cuando salimos del terminal empezó nuestro martirio porque íbamos sin plata y ningún cajero servía. Así estuvimos hasta que por fin en la plaza central UN SOLO cajero funcionó. Hay que mencionar que el taxista que llevó al grupo que iba con Laura les dio una charla informativa sobre la importancia de los Ticos como taxis. Cilindraje, tiempo de vida, fuerza, comodidad, amor por ellos, etc. Además de contarles toda la historia de su vida.

Arquipa es una ciudad muy bonita, con grandes construcciones y desde ella se puede ver un nevado enorme. La recorrimos a pie. Esta vez el Mono fue el tour conductor y terminamos dando un par de vueltas que no estaban en los planes, pero igualmente podemos decir que conocimos un poco más de lo que habríamos podido conocer de no habernos desviado de las rutas.

En la tarde decidimos tomar una siesta en un parque para recuperar fuerzas y seguir caminando. Ahí estuvimos un rato charlando hasta que decidimos continuar. Como cosa rara, entramos a varias iglesias y a un montón de artesanías en las que no compramos mayor cosa. En la noche tomamos un bus que nos llevaría a Ica.

Al llegar a Ica teníamos varias opciones: ir a las islas Ballestas, ir al oasis de Huacachina a montar en buggy y hacer sandboarding, o ambos planes. Por tiempo y plata decidimos que lo mejor era ir al oasis e ir tomando decisiones sobre la marcha. Jamás nos imaginamos lo emocionante que iba a ser haber elegido irnos para allá.

Llegamos y nos ofrecieron un plan de hotel con piscina, cuarto para los 7 con agua caliente, billar, buggy y sandboarding por las dunas del oasis por un precio que nos pareció más que bueno. Dejamos nuestras maletas en nuestro súper cuarto doble con salida a la terraza, a las mesas de billar y a la calle, y nos fuimos al lugar donde nos estaban esperando para el recorrido en buggy. Nos montamos los 7 en un buggy gigante con capacidad como para 15 personas. Apenas el señor lo encendió y escuchamos como sonaba ese motor de fuerte nos invadió una sensación de emoción y miedo. Nos pusimos los cinturones de seguridad y las gafas para evitar la arena y arrancamos. El oasis se convirtió en la montaña rusa más grande en la que hemos estado. Subíamos a toda velocidad sin saber qué nos esperaba en la punta. Bajábamos por las dunas casi en caída libre y obviamente a los gritos. Podríamos decir que fue uno de los mejores planes de todo el viaje. El único inconveniente es que el cinturón de seguridad de Catalina se soltaba casi con cada brinco, por lo que a la sensación de vértigo se sumaba la de miedo real. Apenas pudo cambiarse de silla todo mejoró.

Paramos en medio de la arena en un lugar desde donde no podíamos ver nada que no fueran dunas. Allí el señor nos explicó cómo íbamos a bajar en nuestras tablas de sandboarding. Acostados boca abajo y de frente a la caída. Luego nos dijo que más adelante podríamos lanzarnos parados, pero que la empresa no se responsabilizaba por los daños. La primera bajada fue bastante aterradora porque se veía muy alta y bajaríamos de cabeza. Unos tragamos más arena que otros. Ya para las otras bajadas nos teníamos confianza y claramente nos lanzamos parados. Las caídas nos dejaban con arena hasta en los lugares menos esperados… como los bolsillos del jean. Sergio Armando decidió convertirse en el modelo del oasis, por lo que se quitó la camisa y se la amarró en la cabeza, se puso las gafas oscuras y se alistó para bajar de pie la última duna como un súper deportista. La caída que se pegó fue monumental. Rodó por lo menos media duna de espaldas mientras comía arena a lo loco. Obvio se ganó las burlas del resto del grupo. Sergio, si estás leyendo esto, jamás vamos a olvidar tu caída.

Después de nuestras aventuras en el desierto, volvimos al hotel (otra vez a toda velocidad en el buggy, entre risas y gritos), nos sacudimos la arena y entramos en modo elegante. Nos fuimos para Ica a una hacienda con grandes extensiones de viñedos en la que aprenderíamos cómo se hace el vino y el pisco peruano. Caminamos por las bodegas, conocimos los procesos de fermentación y destilación de ambas bebidas y al final tuvimos una degustación de varios vinos y piscos. Nosotros estábamos felices, a pesar de la mirada de desaprobación de la refinada señora del mostrador que, aparentemente, no soportaba ver gente tan refinada como nosotros, con nuestras elegantes pantalonetas y nuestro discreto pelo lleno de arena en su respetable hacienda. Volvimos al hotel cargados de botellas de vino y pisco para nuestras familias.

Esa tarde jugamos billar y luego nos fuimos a ver el atardecer desde las montañas de arena. Allá estuvimos un par de horas conversando de la vida, jugando cero contrapulcero y viendo cómo Mario lograba por primera vez en su vida pararse de cabeza. Más tarde, sacamos las sillas y las mesas del hotel a la calle y montamos un karaoke con vallenatos, rancheras y salsa. Al otro día nos fuimos como a las 2 p.m para Ica a conseguir bus para Laura que ya se iba a separar de nosotros, y bus para nosotros que ya regresábamos a Lima. Luego dimos una vuelta por Ica y terminamos en la terraza de una tienda tomando pisco sour. Fuimos a despedir a Laura que salía primero que el resto, le empacamos fiambre, la montamos al bus y regresamos a la terraza a esperar la hora de nuestra salida.

Llegamos a Lima a la casa de nuestra amiga Cinthya. Estuvimos allí un rato y luego salimos para el barrio Barranco, muy bonito, colorido, con un estilo distinto. Allí entramos al Museo de la Electricidad… o bueno, algunos entramos porque el Mono y Sergio se fueron a buscar internet pues el Mono tenía que inscribir materias y fracasó.

Caminamos toda la tarde entre calles, luego nos fuimos despacio hasta el centro comercial que queda al lado del mar donde esa noche nos encontraríamos con una prima de Mario que nos invitó a comer. Estuvimos el resto de la tarde de almacén en almacén viendo cosas para acampar, libros y juguetes. Ya en la noche nos encontramos con la prima de Mario y fuimos a un restaurante muy lindo donde comimos como locos. Probamos el tacu tacu con mariscos, comimos ceviche, arroz con camarones, unas entradas de carne, pollo y queso, y de postre volcán de chocolate y suspiros limeños.

Al siguiente día nos levantamos tarde. Cinthya nos preparó de almuerzo un ají de gallina delicioso y luego estuvimos el resto de la tarde alistando las maletas. Justo en ese momento sentimos odio por las botellas de vino y pisco que llevábamos para nuestras familias porque ya la maleta con la que Sergio Armando iba a viajar tenía sobre peso. Él viajaba una noche antes que los demás. Ah, nuestro plan era pagar sólo una maleta entre todos, así que revolvimos las cosas de los 6 en el morral de Catalina. Al final tocó pagar dos maletas y poner cara de pobrecitos para que la señora del aeropuerto nos dejara pasar.

Esa noche fuimos a una peña scout en la Casa Scout (valga la redundancia) de Lima. Conocimos a un montón de gente muy querida de Perú y de Francia, pudimos vender muy bien nuestros productos y tuvimos el placer de ver a Sergio Armando cantar una bella melodía al frente de todos los scouts de Lima y de toda la gente que iba pasando por allí. La hermosa pieza que Sergio escogió para cantar, micrófono en mano, fue EL MAPALÉ. Cuando empezó a cantar nosotros no lo podíamos creer. Casi nos morimos de la risa.

Después de eso fuimos con Cinthya, Sheila la hermana de Cinthya y Ariatna (a quien conocimos en la peña) a recorrer el centro de la ciudad para conocerlo de noche. Estuvimos un rato en un concierto que había en la Plaza porque estaban celebrando la Independencia de Perú, luego fuimos a comer pizza, caminamos y nos fuimos para la casa.

Al otro día preparamos todo para que Sergio se fuera cargado esa noche y nos fuimos para el centro a las artesanías. De ahí Suri, Cinthya y Catalina se fueron con Sergio para el aeropuerto. Sergio parecía un esquimal pues tuvo que ponerse toda la ropa que le entró para poder meter más cosas al morral. Incluso así, la maleta tenía 10 kilos de sobrepeso así que tocó sacarle cosas. Antes de dejarlo en la sala de espera, fueron a comer. Por fin probaron los anticuchos, un plato que consiste en un pincho de corazón de res sazonado con un poco de picante. Después de eso, pudieron tomar chilcano en un punto de degustación y comer chocolates en otro. Acto seguido, Sergio entró a la sala de espera.

Por la noche preparamos burritos, fueron Marisol y Ariatna, jugamos un juego de mesa y tomamos un poco de pisco.

Para nuestro último día, la tía de Cinthya nos preparó un almuerzo de despedida. Luego estuvimos arreglando nuestra maleta y mirando qué ropa nos íbamos a poner para poder viajar con menos peso. Tuvimos que dejar algunas cosas en Perú. Más tarde salimos todos para el aeropuerto. Allá nos despedimos y nuestras amigas de Perú prometieron venir a Colombia.