Patagonia: Tambieeeen es mi primera veeeeez
9 noviembre, 2015

Por: Laura Jiménez – Scouts soñando el sur

16 de agosto – 21 de agosto

Si bien desde hacía varios días estaba en la región de la Patagonia, no tenía idea de nada de lo que me faltaba por ver. Mi primer acercamiento fue llegar a Bariloche, con un paisaje increíblemente nevado. La ciudad hacía contraste entre el clima tan frio y los chocolates tan calientes que vendían en todas las esquinas; sin contar con los colores de las lagunas, los cerros y los kilómetros y kilómetros cubiertos de nieve. Mi estadía allá fue corta y muy agradable. Estuve con la familia de Lautaro Cáceres, todos scouts.

Volviendo a Chile, específicamente a la isla de Chiloé, después de estar en Castro, debía salir para Quellón, al otro lado de la isla, para tomar el ferry que me iba a llevar hasta Puerto Chacabuco. Ahí todo empezó a ponerme a prueba. Me desperté a las 7 de la mañana, cuando todavía faltaban dos horas para que saliera el sol y el frío y la lluvia no paraban, llegué a tomar el bus de las 8 am que me llevara a Quellón, pero el bus nunca llegó, tampoco el de las 8:30 am, tampoco el de las 9 am. Hasta las 10 am y con los pelos de punta, empecé mi recorrido de 2 horas, pensando que ya había perdido el barco, pues este salía a las 12 del día, lo que no sabía era que este también estaba retrasado y que hasta apenas las 10 de la noche, podía embarcarme en un viaje de supuestamente 24 horas, que terminaron siendo 41, debido a las malas condiciones del clima.

La Patagonia fue el lugar de mis primeras veces. Estaba muy equivocada cuando pensaba que ya el peor frío que podía sentir, había pasado. Tenía cuando menos 15 prendas puestas y tanto frío como si estuviera en “chores” caminando por la calle. No sabía tampoco, todas las veces que iba a tener que modificar mi plan, porque el invierno estaba siendo mucho más hostil que de costumbre. Las vías cerradas, las rutas de transporte público paradas, la gente adentro de las casas hasta las 12 del día y antes de las 6 de la tarde. Todo tan diferente a lo que yo estaba acostumbrada y a su vez, tantos paisajes tan lindos, que sólo podían quedar bien en mi memoria y no en una foto de mi cámara de reducidas cualidades. La Patagonia en la que yo estuve, es una región de pueblos pequeños principalmente, con calles sin asfaltar, pocos habitantes, gente muy cordial y nada, absolutamente nada para hacer, diferente a dejarse llevar por el congelado paisaje. Congelado literalmente.

Finalmente, y después de 41 horas de sufrimiento y mal de balsa, llegué a Puerto Chacabuco. Inmediatamente, tomé un bus que me llevara a Puerto Aysen y de ahí, otro que me llevara a Coyhaique, la ciudad en la que iba a pasar la noche. Al día siguiente, salí muy temprano a Puerto Tranquilo, un lugar que le hace completa alusión a su nombre. No más de 8 manzanas de casas pero eso sí, el pueblo está rodeado por el lago General Carrera, el segundo lago más grande de Suramérica, después del Titicaca. Dentro del lago, hay unas cavernas de mármol formadas naturalmente, el color del agua es muy claro y el paisaje valió completamente la pena, de lo que hasta ahí había sido el día. En la lancha, que fui a conocer las capillas de mármol, estuve con una familia de Santiago de Chile. Ellos, sin quererlo, fueron de gran ayuda para mí, pues no pude salir del pueblo hasta el día siguiente, por lo que me llevaron en lo que restaba del día a pasear con ellos y en la noche, me quedé en la cabaña que habían alquilado para ellos. Al otro día, esperé tener mejores noticias acerca de un bus que me llevara hasta Chile Chico, frontera con Argentina, pero era jueves y el único transporte pasaba los miércoles; entonces, esta fue mi primera vez para pararme al lado de una estación de servicio y poner mi mejor cara para que un alma bondadosa y caritativa me llevaran hasta algún punto de los 170 kilómetros que llevaba esta ruta. Aunque tuve suerte, mi primer colaborador, un señor con un camión de vacas (en ese momento, sin vacas) me llevó 30 kilómetros más adelante, después, me decidí a caminar un rato mientras disfrutaba el sol (sin calor) y el paisaje. Después, un bus (UN BUS!!!) me llevó hasta una desviación (porque el bus iba para otra ciudad) en la que después de caminar un rato, me llevó una señora en un camión con leña hasta la ciudad en la que me quedé esa noche. El Guadal. Probando suerte para que alguien me llevara hasta Chile Chico, me encontré con otros dos viajeros que también estaban echando dedo. Con ellos, esperé en una garita durante tres horas haciéndole buena cara a la gente pero nadie pasó. Sólo un señor que se ofreció a llevarnos, pero había que esperar hasta el día siguiente y con una condición… Teníamos que cargar un camión de 12 metros cúbicos con leña. Muchos, muchos palos de un metro cada uno hasta completar la carga. Y ahí estaba yo, pasando palos con tal de asegurar el cupo del otro día. Cuando terminamos, mis nuevos amigos y yo, nos sentamos en un parque a tomar cerveza para celebrar nuestro glorioso triunfo.

Ya era el día siguiente, madrugamos mucho para poder esperar al señor en la garita, tomamos nuestro transporte y cuando creí que por fin y después de dos días iba a llegar a Chile Chico, el señor que prometió llevarnos, nos dejó en un punto de la carretera, porque “hasta ahí iba él”, entonces otra vez, volví a montarme el maletín a la espalda y empecé a caminar; esta vez acompañada, duré dos horas en el camino sin que pasara un solo caro. Cuando faltaba un kilómetro para llegar. Un carro nos llevó hasta la empresa de buses que nos iba a pasar la frontera.

Tuvimos medio día para conocer el pueblo. Llegó la hora de entrar a Argentina y ahí cuando creí que iba a seguir bajando hasta El Calafate, me enteré que no había forma de llegar en bus porque las carreteras estaban cerradas por la nieve.

Estaba en Los Antiguos, la ciudad que cambió mi mapa y ya empezaba a subir otra vez el continente. Ahí dormí en el terminal esperando que fuera el momento para irme y a las 2 am tomé el bus hasta Comodoro Rivadavia. Una ciudad muy fría, con mucho viento, mucha lluvia y muy pocas cosas para hacer. Ahí, sin salir de la región de La Patagonia, le estaba dando fin a este frío y feliz capítulo del viaje. El más feliz…